Una nota escatológica

Como toda estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, desarrollé una tolerancia especial a los baños sucios, adopté la costumbre de cargar papel y jabón en mi bolsa, y mis esfínteres están acostumbrados a esperar largas colas para descansar. Cuando voy a cualquier lugar no me angustia el asunto de las instalaciones sanitarias, me creo preparada para todo. Así que cuando alguna experiencia logra salirse de mi área de confort me siento absolutamente sorprendida.

Recuerdo en mi primer viaje a Europa el asombro al ver ese estilo de letrina que sólo era como una pequeña bañera clavada en el piso, que, por suerte, ya es raro encontrar. Cualquier emergencia viajando como mochileras con el presupuesto más reducido del mundo, descubrimos que se arreglaba en Macdonals.

Antes era común escuchar historias de viajeros en la India que no lograban encontrar papel de baño, pero se ha vuelto extraño en estos tiempos de globalización. La anécdota más exótica que he escuchado fue la de unas chicas que llevaban con ellas una palita mientras viajaban por la selva sudafricana.

Cuando viajamos a Hanoi nos sentamos a tomar un tecito en un localito muy chiquito frente a un lago. Fue inevitable llenar nuestras vejigas con el calor que hacía, y aunque, claramente no había espacio para un baño en ese cuarto, preguntar por él. El dueño del lugar muy amable me dio a entender a señas cómo entrar al que descubrí, debió ser el baño de su casa. Recorrí un pasillo con habitaciones donde a puerta abierta, comían grupos de personas sentados en el piso con un ventilador al lado, como es costumbre vivir por allá. Al final del humilde corredor de concreto, encontré unos cuartitos tras una reja. No tenían una puerta como tal que ocultara a las personas adentro (!ahora pienso que qué bueno que no había nadie¡).  Eran sólo una serie de espacios con un ligero declive en el piso que bajaba hasta uno de los muros donde un canalito llegaba al desagüe. Ni me atreví al abrir el candado que parecía oxidado y preferí no echar a volar mi imaginación al respecto. Regresé al café, dije al vendedor el típico “Tenkiu, babay” y desalenté a José de su esperanza de él “también” pasar al baño. Seguimos caminando por las calles mientras José me decía que a él le hubiera gustado ver todo eso, y tal vez, hasta se hubiera animado a entrar.

El asunto de los baños para hombres y mujeres es muy diferente, pero todos hemos tenido alguna experiencia en relación con ellos. Mi consejo es que cuando se viaja, todos deberíamos pensar como estudiantes de Filos.

Anuncios

About bomarciana

Todos los días pienso en Bomarzo, y cuando se me olvida, lo recuerdo entre sueños.
Esta entrada fue publicada en otros puertos. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s