Vida adulta

Uno se pasa la infancia, la adolescencia y la juventud esperando el temido momento de convertirse en adulto. Legalmente a los dieciocho años tenemos la opción de elegir; biológica y psicológicamente, a los veinticinco tenemos la capacidad de comportarnos como tales, pero realmente podemos llegar a los sesenta sin haber tomado ese gran paso.

En varias circunstancias me cuestiono si pudiera considerarme “adulta”. Lo sufrí cada día en París cuando, a diferencia de mi último verano como aprendiz de francés (sí, hace varios años, pero no tantos), el mademoiselle no le nacía a nadie al saludarme, y en los museos no lograba convencerlos de que aún era una joven estudiante. Pero regresé a casa sólo para descubrir que también en mi cuidad y en mi idioma, el “señora” a todo el mundo le resulta el más adecuado para apelarme. Incluso debo confesar que el otro día en una tienda de artículos ortopédicos cuando la encargada dijo “Ésta debe ser la talla de la señora. El otro día una personita del mismo tamaño se llevó una”, no pude más que responderle con una mirada fulminante y aguantarme las ganas de señalar tantas imprecisiones en una sola frase. También cambié de horario y de maestra en mi curso perinatal, porque no podía soportar que la instructora al referirse al sujeto que sufriría muchos cambios durante los siguientes nueve meses, dijera cosas como “En el primer trimestre, la señora se ve gorda, pero no embarazada.” Queda claro que no creo que éste pueda ser un indicador.

El otro día, al comprarme unas botas para lluvia nuevas, moradas y con brillitos plateados, me preguntaba si sería una cuestión de guardarropa. Pero como todavía los zapatos para niña son los que me quedan mejor, decidí que no, que entonces tendría que considerarme mucho más joven.

Cuando voy al súper a veces creo que sí, que ser adulto debe ser algo muy parecido. Aún cuando en mi lista de compras brillan por su ausencia los froot loops, el chocolate en polvo, así como cualquier otra presentación rica en sacarosa, mi carrito termina lleno de artículos básicos para la vida de todo hogar, como el papel de baño, el detergente y el suavizante. Llegar a la caja y ver la cuenta, no puede más que reforzar esta certeza.

Pero cuando definitivamente siento mi auténtico carácter de adulto surgir es cuando voy al banco a hacer los pagos. Reviso que estemos al día en el agua, la luz, el gas y el teléfono (aunque debo confesar que fallo constantemente). Al salir de las detestables instalaciones del banco (no importa cuál), me siento satisfecha conmigo misma. Entonces es cuando realmente pienso que estoy lista para tener una vida adulta.

Luego llego a mi casa y no puedo dejar de sentir que todo es un juego. Juego a la cocinita cada día al hacer la comida, juego a la jardinería cuando procuro que mi plantas sobrevivan a la mudanza, juego a la oficina cuando me siento a trabajar un rato, y mi juego favorito, lavo la ropa: la blanca y la de color por separado, las sábanas otro día y las toallas con un ciclo especial de la lavadora.  No dejo de sentir que el juego más emocionante está por empezar, porque la maternidad me sigue pareciendo un sueño de la infancia.  Sólo ahora los juguetes son más grandes y más serios, como la nueva cuna que un día será cama individual. A mi muñeca todavía le faltan meses para llegar, pero ya tiene más ropa y juguetes que cualquier otra de mis nenas. (Además a ella sí voy a poder cambiarle el vestidito cuantas veces quiera, no como a las niñas de trapo que mi mamá prohibía despojar de sus pertenencias). Sí, va a ser un juego demandante, 24 horas y 7 días a la semana, pero quién no hubiera querido llevar su muñeca nueva a la escuela.

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Pasar la página

Voy caminando por la calle con mis botas nuevas, pero la novedad no está en mi calzado. Me acompaña como siempre, Fly (o yo la acompaño a ella, a veces no sé), tiene corte de pelo nuevo (a causa de un incidente que el pudor no nos deja mencionar), pero tampoco está en ella el cambio. Miro a mis pies, hacia mis pies, por donde deben estar mis botas nuevas, pero no las veo. Lo que veo me hace sonreír, lo que se mueve dentro de mí, también. Seis kilos, ¡he ahí la diferencia!

Cuando me llegó esta noticia estaba pensando en caminar, ça fait bouger la tête aussi, me dijo Geneviève. “¿Qué sigue?”, era la pregunta. Como es natural, tras terminar mi maestría quería cambiar de carrera profesional, “Si yo siempre quise ser cuentacuentos” me decía.

La verdad es que cuando terminas la primaria todos te dicen que la secundaria es una nueva etapa, después cuando terminas la prepa te hacen creer que seleccionar una carrera va marcar tu vida, y cuando terminas la carrera te das cuenta de que eso de los cambios es algo realmente muy subjetivo. Hay cosas que cambian la vida, ¡claro!, pero la dinámica con las tareas y los maestros es un ejemplo simple, para algo muy complicado.

Yo pienso que a mí me cambió la vida ese primer viaje a Europa con Cris y Gabri. Ninguna de las tres olvidará esa primera visita a Bomarzo, y menos yo, que encontré una obsesión para toda la vida. Después la muerte de mi abuela y de mi tío marcaron mi forma de pensar, y de alguna manera, alimentaron mi amor por las piedras testigos de tantas vidas y muertes en el Lacio. Finalmente, y a riesgo de sonar cursi, mi relación con José, siempre un punto firme en un mundo cambiante y fluctuante. Pero me encontré con que aun con todo eso, llega un momento en que hace falta una nueva sacudida para seguir, para no quedarse caminando siempre la misma manzana.

Ahora sí, un nuevo cambio, claro y fuerte llegó a nuestras vidas, a la mía, la de José, la de Gabri, la de Fly y tantas personas tan queridas. Por ahora, aunque parece no ser más que una pequeña karateka pateando mi pancita, es mucho más. Ya nos hizo dejar nuestra adorada casita en Morelos 107, para encontrar un cuartito lindo, amplio y bien iluminado que llenar con una cuna y hermosos juguetes. Nos quita el sueño algunas noches, nos hizo cambiar nuestra dieta, y por un segundo, nos hizo pensar en abandonar nuestro viaje a China.

A pocos días de partir al desconocido (para mí) continente asiático, hay una cosa que me queda clara. Esta niña va salir a sus padres, porque no pudo ni esperarse a salir de mi panza para ir de viaje, y es que ella ya sabe que lo importante es saber cuando pasar la página.

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Marco Polo

Cuando era niña tenía una versión ilustrada de  Los Viajes de Marco Polo. Los dibujos mostraban a un muchacho muy joven hablar con un viejo de apariencia extraña, tal vez si lo viera ahora pensaría que se trata de un hombre del lejano oriente.  Pero ese libro, como casi todos mis libros de niña, no sé dónde está, y su recuerdo se limita a un par de colores y el corte de cabello del joven veneciano, así que no sabría decir si el dibujo del Khan era fiel a su retrato original. Si alguien me hubiera preguntado, las historias narradas en esas páginas eran todas inventadas, sólo fantasías (como todos los libros para niños). Lo curioso es que ahora no pondría por un segundo en duda su realidad.

Ya con más años encima leí el Tercer Ojo de Lobsang Rampa y no puse en duda una palabra. Mi vocación profesional a partir de entonces fue la de remontadora de cometas, el único problema con ello era haber reencarnado en un país tan lejano a mi querido Tibet. Mucho tiempo después me enteré de la Revolución Cultural China y de los atroces actos de Mao Tse-Tung, y todavía mucho más adelante de las dudas acerca de las palabras de Lobsang Rampa.

Hoy estoy leyendo al verdadero Marco Polo, en un libro viejo que compré en Coyoacán y que no tiene ni una imagen, ni siquiera un útil mapa.  Todas las ciudades, sarracenas, paganas y cristianas me resultan interesantes. Las anécdotas, como aquella que narra la historia de los Tres Reyes Magos y  la ubicación de sus tumbas (no que estén muertos, ¡claro!), no dejan de dar vueltas en mi cabeza.  Me pregunto si algo, una migaja, al menos una pequeña piedra, siga en el mismo lugar en que la vio el maestro Polo.

Estas divagaciones me llevaron por casualidad a la lectura de un librito para niños con muchos y hermosos dibujos, llamado Tibet Through the Red Box, de Peter Sís, en el que un pequeño epílogo cita a Nabokov aludiendo al joven veneciano que también ocupa un espacio muy importante en mi cabeza. Parece que muchos han escuchado los suspiros que te invitan a conocer el Tibet. Yo a veces pienso que no tengo la fuerza para llegar hasta allá, porque el riesgo de no encontrar ni una piedra en su lugar, me aterra.

Los viajes como los de Marco Polo no sé si existen aún, quiero creer que sí, que el mundo guarda sorpresas en rincones lejanos.  Tal vez es sólo que las maravillas las reservamos para los niños y las ponemos en dibujitos. Ahora, a comparación de cuando aprendí a leer, estoy dispuesta a en un bocado alimentarme de las delicias que contienen los libros con muchos colores. Acepto, como el Capitán Jack Sparrow que aunque el mundo sigue siendo el mismo, hay  menos cosas en él. Las poquitas que sean hay que buscarlas entre las páginas y los dibujos, las calles y las personas. Voy a navegar con bandera de ingenua, a llegar a puertos sin nombre y a perderme con una brújula que no apunte al norte. Entre extraños pasaré por necia, hasta volver con el Khan a contar historias y crear ciudades que no figuren en ningún mapa. Es sólo que cada vez que llego al punto final de algún libro, pienso que debería ser como Marco Polo, un gran contador cuentos.

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Para empezar (de nuevo)

Si mi vida fuera una película iniciaría con una caminata por la calle con zapatos nuevos, o pensándolo mejor…, no hace falta la novedad, también botas viejas como las que tengo irían muy bien. Debe ser por la tarde, primero mirando a la banqueta para después subir a las copas de los árboles. El resto no tengo ni idea de lo que presentaría, por ahora sólo sé como empieza, porque (igual que en mi película) siempre estoy esperando que suceda algo más.

Lo cierto es que cualquier momento puede ser el inicio de algo, pero no cualquier momento es un gran comienzo. Casi ninguno superará mi favorito “Había una vez…”, pero entre las primeras frases inolvidables de la literatura podemos contar  el  “En un lugar de la mancha de cuyo nombre no quiero acordarme,…” de Don Quijote, o “Muchos años después frente al pelotón de fusilamiento,…” de García Márquez y, por supuesto, el “Cuéntame, ¡oh Musa!,…” de Homero.

Elegir cómo empezar una historia no es cosa fácil, pocos seleccionarían el día de su nacimiento para contar su vida, y casi nadie comenzaría por la mitad y con el título A New Hope, como George Lucas, esperando tan tremendo éxito. Que el final sea lo primero que se diga, ya no es novedad para nadie, y proponer que cualquier punto de la recta da igual, ya lo hizo Cortazar hace muchos años.

Hoy tengo varias razones para empezar, primero terminé algo, mi maestría, segundo, comencé mi vida de casada y tercero, sobreviví a la influenza.  Todas son excusas válidas para cambiar, darle un vuelco a mi carrera profesional, cambiar de look y hasta de correo electrónico. Pero la verdad es que creo que es el boleto para un viaje que no estoy segura de querer emprender.

Una amiga me dijo que caminar también echa a andar la mente, le da un empujoncito a las ideas, te ayuda a ver más allá, a pensar en frases nuevas y en encuentros inesperados (como cuando llegas a la esquina de la calle Alfa con Omega).  Así me receto  mucho caminar, para que la siguiente secuencia de esta historia ayude a ir preparando un gran final, que no tiene que ser el fin de nada. Así como se empieza por aquí o por allá, el final puede ser sólo el inicio de algo más.

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Los libros que me regala Gabri

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Cuando vivía en París hace casi cinco años, unos amigos me invitaron al cine a ver Persepolis. Me encantó la película, aún cuando no había entendido todo lo que decía con mi francés recién estrenado. Cuando Gabri vivía en Barcelona se encontró una versión de la novela gráfica que dio origen al filme, y sin dudarlo supo en seguida que era el regalo perfecto para nuestro cumpleaños. La compró en castellano y hasta sufrió unos días pensando que debía haberla buscado en francés. Volvió a la librería para descubrir que sólo estaba en catalán y así quedarse tranquila, mientras mi sorpresa cruzaba el Atlántico. Unos meses después también decidió comprarme un libro en catalán. No es ninguna novela gráfica por lo que me cuesta trabajo leerla, pero me alegra pensar que recuerde a mí, que suene un poco a algo que yo diría, para ser más exactos, que tenga sabor a mí, porque Gabri no pudo ignorar mi pasión por las frutas y decidió comprar un pequeño librito de poesía en catalán llamado Los frutos sabrosos.

Cuando vivía en París también descubrí a Sophie Calle. En los muros del Pompidou, mi museo favorito aquel verano, había tres rectángulos con la misma foto, tres textos diferentes y tres veces la misma historia. Esos tres recuadros llenaron el imaginario de mi viaje. La semana pasada cuando estaba por realizar mi examen de grado, después de mi viaje académico a París, tan diferente de esos lejanos días lluviosos llenos de pensamientos ocupados por teléfonos rojos y sábanas blancas, Gabri decidió que el regalo perfecto debía regresarme a mis viejas elucubraciones. Así que fue a la tienda de regalos del MUAC a comprar  el libro de Sophie Calle que había visto antes. Lo triste fue que llegó al salón donde esperábamos a mis sinodales para contarme la tragedia: estaba agotado. Sufrí más con la idea de aquel volumen que podía haber sido mío, pero no iba ser, que con la larga deliberación de mi jurado.

Al terminar mis trámites regresamos a la librería del Museo donde Gabri dijo que podía escoger lo que yo quisiera como regalo, y no me costó trabajo decidir. Ahí, casi en la entrada estaba el libro de Calle, M’as-tu vue? que en la mañana habían dado por inexistente. Ahora hago honor al título, porque no sólo me divierto horrores con él, también quiero presumirlo a todo el mundo, porque lo tengo junto con el tiempo para leerlo, pero además, porque es el regalo que sólo Gabri podría haber seleccionado para mí.

Yo no sé si algún día le habré dado una sorpresa similar a mi gemela. Entre los libros que recuerdo le di uno de Mitología que sabía que le interesaba, unas Metamorfosis de Ovidio (porque no le quería prestar las mías), y una versión de En busca del tiempo perdido de Proust que luego descubrimos, está incompleta. Es una pena, porque aunque resulta extraño para algunas personas, sí hay libros que cambian vidas. Entre buenos amigos compartir un libro es un gusto, pero saber qué libro le gustara a quién, es un arte.

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Instagram ¿una herramienta para el arte?

Planicie, cortesía pacodiaz.tumblr.com

La aparición de Instagram, un App para el iphone, parece haber revolucionado el estatuto de la fotografía artística. Esta nueva aplicación permite a miles de usuarios compartir fotografías instantáneas, como nos hace suponer su nombre, en twitter, facebook y demás redes sociales.
El engaño que parece haber llegado a más de un usuario es el de su calidad “estética” los filtros con los que cuenta la aplicación permiten que hasta el encuadre más sencillo o banal adquiera un toque “artístico”. La abstracción ha inundado estas imágenes, los llamativos y creativos títulos forman parte de un imaginario surrealista de las ciudades, la vida cotidiana y el paisaje.
Los resultados son variados, de los cuales existen algunos afortunados. La elección de tomas que resaltan los detalles imperceptibles de la vida cotidiana son algunos de los casos interesantes. Mientras que el cliché de cielos azules, naturalezas muertas y puestas de sol cae en lo kitsch, y su “cualidad artística” se apoya en las reminiscencias románticas de nuestra sociedad. En cualquier caso pueden existir imágenes interesantes, sin duda también cualquiera puede caer en lo trillado, los lugares comunes, hasta fotografías sin sentido.
Mi falta de experiencia con el medio, ya que no soy usuaria de Instragram, me hace preguntarme ¿de qué manera funciona la mente de los apasionados instamgrameros? Si van caminando por la calle pensando en su siguiente imagen o de pronto los sobrecoge el genio creador que llevan dentro y encuentran la inspiración en su paseo diario.
No subestimo el valor que este tipo de interfaces brindan a la sociedad, con fines artísticos o tintes políticos de demanda ciudadana, crean un nuevo imaginario visual. Que meritoriamente se apoya en la tecnología del momento, los nuevos medios de comunicación y el auge de las redes sociales.
El riesgo de Instagram recae en la generación de una cultura en la que cualquiera con un iphone puede ser “fotógrafo” o “artista”. Sin generalizar creo que algunos de estos instagramtístas buscan mostrar el lado delicado y poético de su personalidad. Justo uno de los beneficios de la nueva sociedad de la internet, la realidad virtual y las redes sociales, en las que podemos presentar nuestra personalidad liberada de la inhibición y muchos de los límites socialmente establecidos. Sin duda Instagram es una herramienta que nos permite mostrar un lado de nuestra personalidad que no podemos expresar en el día a día de la cotidianidad social.
Una pequeña reflexión para los usuarios de esta interfaz y para los que nos vemos cada día invadidos por estas imágenes.

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la habitación más importante de la casa

http://www.mytrend.co/MyDaily/2011/11/la-cocina-la-habitacion-mas-importante-de-la-casa/

Mientras Sandri piensa en baños, yo pienso en cocinas….

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El baño de Saddam

Hoy leí una noticia que no puedo creer, en el encabezado se leía “Los baños de Saddam Hussein expuestos en un museo americano”. Lo primero que pasó por mi cabeza fue pensar que se trataba de los famosos excusados de oro puro que se encontraron en sus residencias en Irak tras su derrocamiento y encarcelamiento. La verdad, debo confesar,  son un objeto que no ha salido de mi imaginación desde que los vi en la tele. Son la exacta definición de lo kitsch, tal cual lo describe Milan Kundera en su Insoportable levedad del ser. Pero no, resulta que se trata del más incómodo y frío conjunto de excusado y lavabo en aluminio, al estilo del de los aviones, en el que durante su aprisionamiento Saddam hizo sus necesidades.

Este diciembre finalmente las tropas americanas deberán salir de Irak, así que se están asegurando de no dejar nada que pudiese resultar de valor en sus instalaciones provisionales, o sea, de más de cinco años.  En la Base Victoria, centro de operaciones gringo en Bagdad, donde vivió Saddam Hussein de 2004 a 2006, ya no queda nada. Por las descripciones del sitio publicadas en la prensa, podemos pensar que los soldados de Obama no piensan dejar ni los focos, y por supuesto, tampoco los baños. Lo curioso es que hayan decidido que al estilo Duchamp (mala broma publicada en el periódico francés Le Monde), el excusado de Saddam se merece un lugar en el Museo Militar de Fort Leonard Wood en Misuri.

Por su parte, la Base Victoria, que en poco tiempo quedará completamente desocupada (incluso las franquicias americanas de hamburguesas ya vaciaron sus locales) al parecer abrirá sus puertas como Museo, la pregunta es, ¿de qué? Aunque, pensándolo bien, el edificio rodeado de un amplio lago artificial y acondicionado con finos muebles franceses del gusto de Hussein, sin duda es mucho más meritorio de una visita que el tubo de acero en el que el ex-dictador iraquí desechó sus residuos orgánicos durante los dos largos años de humillante cautiverio gringo.

Tal vez ésta es la inauguración de una nueva ola de coleccionismo y adoración de reliquias. Que se cuiden los herederos de Gadafi y otros dictadores recién derrocados, tal vez la OTAN y sus aliados tengan también planes para sus baños y otros objetos personales.

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La buena suerte de Gabri

Yo recibí la misma llamada, sólo que como al otro lado del teléfono estaba mi otra voz, no sospeché nada de inicio. Mi buena fortuna se sintió correr en cuanto Gabri dijo “No puedo ir a recoger el certificado”, y ya sabía lo que seguía, “Ve tú y te lo regalo”. Ya con la sonrisa en la boca le conté a José y decidimos sin más dedicar un rato de la tarde del jueves a ir a la Condesa a recoger el premio.

Como siempre pasa en esta ciudad, una serie de circunstancias relativas al tráfico, desembocaron en que me bajé sola del coche por el famoso certificado. Me pidieron que subiera al piso onceavo y salí del elevador a una sala con unos sillones de plástico en escuadra y una gigante pantalla plana con el canal de las estrellas. Verificaron mis datos y por suerte casi no tuve que esperar nada frente a la telenovela de las siete a todo volumen, cuando salió un muchacho a decir mi nombre, o bueno, el de Gabri.

De la sala donde el único audio era el trágico tono del desenlace del episodio diario, pasamos a un salón lleno de mesitas pequeñas, para dos o tres personas, todas ocupadas y con música como para bailar. La agitación ahí adentro me sorprendió, todos hablaban y pasaban de un lado a otro con papeles en la mano. Me invitaron a tomar asiento en una de esas mesas chaparritas y la primera pregunta de un largo cuestionario llegó “Señorita, ¿qué fue lo primero que pensó cuando recibió la llamada?”, contesté con toda honestidad lo que pensé cuando me llamó Gabri, “Que era una broma”.

Después de convencerme de que con este premio todos salíamos ganando, los de las tarjetas de crédito, los de la agencia y los felices ganadores, el interrogatorio siguió en algo como un ejercicio de imaginación. “Señorita, si yo le regalara tres viajes, a donde quiera, ¿a dónde iría? Sí, imagínese que soy el hijo de Slim”, no me costó más trabajo llegar a mi respuesta “Hong Kong, Moscú y Nueva York”, que imaginarme al hijo de Slim en una sala como ésa. Me preguntaron si era una gran viajera, a dónde había ido la última vez, a dónde iría en el futuro, etcétera. Al final salí con una hojita que tiene una clave para hacer la reservación en donde yo quiera, y no se me olvidó preguntar para estar segura de esta transacción: “Y si yo quisiera dárselo, por ejemplo…, a alguno de mis hermanos, ¿puedo?”

Cuando me subí al pesero pensé en la buena suerte, y es que hasta me tocó ir sentada. Pocos pesos en el monedero roto, pero un vale para ir a la playa, hasta en días de crisis te puede hacer sentir afortunada. En un largo trayecto de regreso a casa, no es difícil reflexionar sobre Aristóteles y su Física, como hace Gabri. Si la suerte es sólo la causa de un cambio, lo importante entonces es darle tiempo y espacio a este nuevo movimiento. Como decía mi abuelita, para ganarte la lotería, lo primero que tienes que hacer es comprar el boleto.

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la buena suerte

Esta semana recibí una llamada, la que siempre esperamos pero nunca recibimos. La añoramos en esos momentos en los que creemos que lo que nos hace falta es un poco de buena suerte.

Debo decir que cuando mi mamá me dijo “Te llaman del banco” mi primera reacción fue “Diles que no estoy”. Ya me imaginaba escuchando durante veinte minutos el anuncio de una “excelente promoción”. Pero, todo cambió cuando mi mamá con cara de extrañeza dijo “Que es por una bonificación”. Entonces, con cara de desconcierto tomé la llamada. Aunque es normal un poco de despiste en mi forma de ser, me sorprendió la primera pregunta de la señorita. Después de verificar mi nombre y que hablaba con la persona correcta,  me preguntó “Señorita, ¿acostumbra recibir su estado de cuenta regularmente y revisarlo?”, a lo que tuve que contestar que “No”.  Al parecer mi poco interés en los números, datos e interminables promocionales me hizo por pasar  por alto que fui ganadora de una promoción: ¡unos cuantos días en un Hotel cinco estrellas a escoger en cualquier playa de México!

En un primer momento uno espera que sea una broma, que la siguiente frase de la amable voz al otro lado del teléfono te pida hacer un depósito, o tal vez juntar unas cuantas corcholatas para cambiarlas por el premio. Definitivamente cuesta mucho trabajo creer. Hasta que colgué el teléfono y la frase de despedida fue “¡Muchas felicidades, señorita!”, sentí la buena fortuna correr por mis venas.

Pero, ¿de verdad existe la suerte? Los antiguos griegos creían que la suerte era algo divino o sobrenatural. La suerte, podía ser para Aristóteles, una de las causas a partir de las cuales se genera algo nuevo, el comienzo del cambio o el propósito del mismo. Yo, en realidad no creo que la estancia en el hotel cinco estrellas vaya a cambiar mi vida. El cambio recae en sentirme verdaderamente afortunada. Según Aristóteles la suerte es algo que únicamente los seres vivos pueden experimentar. Por lo tanto, ¡me siento viva y con buena suerte! Ése es el cambio que les comparto, porque tener buena suerte no es otra cosa que sentirse vivo cada día.

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